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Vete a Alemania, hijo

Mi hijo se acaba de ir a Alemania, a trabajar. Ha dejado la vida que se estaba haciendo aquí, a su chica, un trabajo, un ambiente, unos amigos. Y ha decidido dar un salto que, espero, sea hacia adelante. Toda separación de un ser querido produce dolor, aunque arrastre circunstancias positivas. Esta despedida, además, está repleta de incertidumbres, de nostalgias, de rabia y de emociones varias.

Ha sido una decisión suya, por supuesto, pero enmarcada en el contacto con mucha gente (familia, amigos…) que alentaban su marcha, en razón al cambio profesional a mejor que parece poder dar. Una decisión bien amarga. Irse a Alemania ahora lo primero que representa es ser considerado un trabajador que comienza a cotizar, a ser tratado con dignidad. Porque aquí, contratado como fotógrafo de moda por una empresa que trabajaba para Sfera, la cadena de ropa de El Corte Inglés, le tenían como se contrata ahora: sin seguridad social, obligándole a dejarse parte del sueldo en pagar esa bestialidad que los autónomos pagan a Hacienda, sin que le de para alquilar una vivienda que cubra sus necesidades; cuanto menos se encontraba a gusto con el ambiente de trabajo.

¿Cómo a las autoridades no se les cae la cara de vergüenza cuando dicen que el paro baja? Sí, las cifras del paro bajan, a veces, pero a cambio de estar consolidando una sociedad esclava, sin derechos, sin seguridad para el futuro, rondando el umbral de la pobreza aun trabajando todas las horas del mundo. Sí, es verdad, vamos camino del empleo pleno en nuestra sociedad, un empleo que nos permitirá sobrevivir acaso, para que unos pocos, en sus castillos, puedan permitirse vivir el lujo en toda su dimensión.

Irse a Alemania, además, es llegar ahora, legalmente, a Europa. España ya no es Europa, vuelve a ser un país que no cuenta, del que sus mejores jóvenes están huyendo para contar con perspectivas halagüeñas. La brecha entre  Europa y España recuerda a la de aquellos Pirineos infranqueables, que había que atravesar incluso para ver cine. Las fronteras se van cerrando a una velocidad de vértigo. La Europa de los pueblos ha pasado a ser una nostalgia y los comerciantes que gobiernan Europa han establecido unas condiciones que exclusivamente los beneficia a ellos, a sus empresas, a sus bancos, a sus políticos títeres.

Sí, Dani, vete a Alemania, desde ahí, como ciudadano europeo de primera, ya podrás moverte sin problema como es tu deseo y tu necesidad.

Tiene 22 años y se ha ido a un pueblo junto a Düsseldorf. Yo con 18 años me fui a un pueblecito en la frontera con Austria y Suiza, y luego a Munich, formando parte de aquellos larguísimos convoyes que salían dos veces por semana de la estación del Norte de Madrid. Él sufre ahora la necesidad de la emigración, como yo la sentí entonces mezclada con la urgencia de escapar de una España claustrofóbica y mezquina, como también puede que le suceda ahora a mi hijo, aunque sea de manera bien distinta. Me da vértigo que él tenga que actuar de manera similar a la mía, hace casi cuarenta años, lo que quiere decir, claramente, que no hemos avanzado nada. Sí, claro, en muchas cosas… ¿entonces?

Sí, esta España mezquina por su política económica en contra de la gente, dirigida a ponérselo difícil, a veces imposible; claustrofóbica por su pensamiento único.

En literatura cuenta el tono de lo que se escribe. En la sociedad, la manera de vivir. La que caracteriza España es un verdadero sinsentido porque es una manera invivible, con empresas que actúan de manera mafiosa, sin control, la gente carece de medios para sobrevivir con dignidad, sin derechos y sin organizaciones que te defiendan. Donde ha triunfado, finalmente, el «Viva la muerte, abajo la cultura». En fin.

Mi hijo Daniel no estaba viviendo bajo las condiciones en que viven cientos de miles de chicos y chicas de su edad, sin trabajo, con padres que apenas pueden echarles una mano, con sueldos de mierda, trabajando bajo condiciones vejatorias… Él tenía trabajo, un ambiente. Pero apenas tenía perspectivas de futuro. Y eso es tan grave como lo otro, o casi.

Sí, con todo el dolor de no tenerte cerca, vete a Alemania. Y ya estás en una Europa que cada vez es más egoísta, luego tal vez pases a Inglaterra y tengas opciones de hacer lo que te gusta, lo que sabes hacer, seguro, y de que te valoren, y de que te respeten.

Vete a Alemania, hijo, aquí cada vez se respira peor.  ¡Que te vaya bonito!, como a tantos y tantos otros.

5 comentarios en «Vete a Alemania, hijo»

  1. Martha Lucía González Uribe

    Buenas tardes Victor: desde hace varios meses supe de ti y de tu bien hacer literario, periodístico y, de hombría de bien. Supe de ti por tu amigo Juan Cabrera. Te leo y escucho casi a diario.
    Hoy me conmovió hasta la médula la ida de tu hijo Daniel a Alemania. La historia vuelve a repetirse, igual que nos tocó a casi todos hace 35 o 40 años, volar del nido acogedor de la familia para tratar de ampliar los horizontes. Sigue siendo tan duro y difícil como entonces…
    Nos queda seguir apoyando a los hijos desde la distancia y, rogar porque logren algunas de sus metas y puedan reunirse con sus seres queridos.
    Un saludo cálido: Martha Lucía

  2. Tristeza contigo, Víctor, y rabia.
    Tengo un silencio al leerte que se me cae en lágrimas, amigo. Pronto tornaremos las aguas a los ríos y volverán los pájaros a buscar el grano en nuestra tierra. Ha de ser así, no es sueño, es camino.
    Un abrazo fuerte

  3. Comparto tu dolor, amigo Víctor, y también tu indignación y tu decepción por un país que permanece anclado en el marasmo del inmovilismo y del caciquismo más ancestral. Ánimo!!!

  4. Algún día cambiaremos este estado de cosas. No sé si nosotros lo veremos, pero nos toca apechugar. Besos de la tita que alguna vez le cobijó cuando empezó sus pinitos laborales.

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